Cinco días. Tres comunidades. Cientos de sensaciones. Me habían preparado antes de venir a Guatemala sobre lo que íbamos a ver, pero encontrarse de frente con la realidad es realmente impactante.

Caminando por Guatemala

Estos últimos días hemos podido conocer en primera persona la situación crítica que viven decenas de familias en la que, desgraciadamente, la desnutrición está muy presente y amenaza con acabar con la vida de muchos niños. Niños y niñas que a pesar de sus condiciones de vida, te muestran una amplia sonrisa cuando les diriges la palabra. Como Manuel, un niño que conocimos en el Centro de Recuperación Nutricional de Jocotán y que no borraba la sonrisa de su rostro cuando jugaba con mis gafas de sol.

Y con eso me quedo de estas visitas, con esa sonrisa que refleja su eterno agradecimiento a quienes van a ayudarles. Esto me anima a seguir luchando para acabar con las injusticias que rodean a unas personas que viven su día a día con mucha más dificultad que nosotros y que siempre acaban sus frases dando gracias a Dios.

Me han hecho recapacitar sobre mi rutina; mientras que yo cuando quiero agua no tengo más que abrir el grifo, las personas que viven en estas comunidades deben subir y bajar montañas para llegar a unas pilas de uso comunitario. Por ello, ahora mismo toca recapacitar y asimilar todo lo que estamos viviendo, pero de lo que sí estoy segura es de que se puede acabar con el hambre en el mundo y somos nosotros los que tenemos que poner el primer grano de arena. Viendo estas comunidades hemos podido ver que hay algunas más evolucionadas  y que poco a poco progresan con la ayuda de otros.  Así que este viaje me está sirviendo para ser más consciente de lo que ocurre y que podemos ayudar a gente aunque viva muy lejos.