Después del choque cognitivo que produce ver a un niño/a al borde del abismo –en el que se puede casi observar su estructura ósea a través de la piel– reír, pedir cosquillas, abrazos y, después de todo, aferrarse a la vida, una no puede evitar albergar sentimientos contradictorios.

Más preguntas que respuestas

Por un lado entristece y avergüenza el ver cómo hasta el día de hoy casi un centenar de personas nos han mostrado y/o relatado sus miserias. Muchas de estas veces lo hacían depositando en nosotras y nosotros una gran esperanza que si se miraba con atención se podía hasta observar en sus miradas —porque la esperanza es algo de lo que estas personas se niegan a renunciar—. Guatemala es, sin lugar a duda, un territorio de grandes contrastes en el que, por ejemplo, los restaurantes de comida rápida ofrecen su peculiar menú basura a cientos de niñas y niños malnutridos, lo que me hace preguntarme hasta qué punto nos hemos vuelto locas y locos.

Por otro lado me llena de alegría el empoderamiento que con la labor de Acción contra el Hambre ha trasformado a estas personas, que cada día buscan la mejora de su vida a través de las buenas prácticas que hemos podido conocer –relacionadas en su mayoría con la agricultura, la autoevaluación, la seguridad alimenticia y la nutrición—.

Pero sobre todo, me inunda de entusiasmo que el dinero que Marta y Javier —un joven matrimonio de Leganés con una preciosa niña— donan cada mes tiene repercusiones tan positivas y efectivas. Las personas comprometidas que se aventuran a cambiar alguna situación injusta –aunque esta se encuentre en el otro lado del planeta—son las que sin duda me dejan con la boca abierta.